

Estando,
literalmente, con la boca y la mente abiertas, pude darme cuenta de
que la gente prefiere acaparar que sentir, porque la mayoría de los
viandantes en lugar de dejarse llevar por el momento en rojo,
luchaban por sacar el mayor número de fotos en el menor tiempo
posible, y algunos en posturas incalificables, intentando atrapar la
postal en cuclillas, entre los hierros en blanco de la célebre
barandilla de la Concha.
Aunque
en ningún momento se pudo ver al sol como la típica bola de fuego,
sino como una capa roja que cubría el horizonte, mis ojos habían
quedado cegados por la belleza del momento, y a partir de entonces,
el paseo se convirtió en una borrachera de sentimientos que me
hacían estar y no estar. Bajé a la arena, en una semi-inconsciencia
complaciente, y recorrí las dos playas aprovechando que la bajamar
había ampliado el espejo de arena que reluciente captaba la variada
paleta de efectos.
¿El
eclipse? Bien, supongo. Ni me enteré, ni lo lamenté, porque para
sentir momentos en negro, desgraciadamente lo estamos haciendo todos
los días.
*FOTOS: PATXIPE