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sábado, 29 de julio de 2017

LA SOMBRA DE LUCÍA ES ALARGADA...


Lo reconozco, soy un cotilla,  puede ser quizás como daño colateral a ser gran amante del cine. Procuro que no se me escape nada a mi alrededor, y escruto comportamientos para encontrar ese algo más de los actores secundarios en "mi película". Aunque luego, es muy probable, no me entere de la misa, la media.

Hace tres noches, precisamente antes de ir a ver la pelí comentada en el post anterior, estaba cenando en un buffet chino con parte de mi familia, y entró un matrimonio joven, se supone, con dos niños, el mayor tendría unos ocho años, y el pequeño, unos cinco.

Me fijé en ellos porque oí a la camarera china que le decía a la mujer, que no eran dos personas, sino cuatro, a lo que la mujer respondió que los niños no iban a cenar.

Llámenme mal pensado (que lo soy, pero yo le llamo experiencia), y una sonrisa irónica debió de aflorar en mis labios, con la certeza de que íbamos a asistir a una muestra de nuestra picaresca, y darles de cenar de extranjis, en un claro ejemplo de lo que el Señor Rajoy denominaría como “españoles, muy españoles, mucho españoles”.
Pero …, no fue así, y al poco tiempo, los niños no estaban. 

Al salir nosotros, comprobé que los niños estaban fuera del restaurante, sentados en un banco de la terraza, solos.

Ahora, parece que hay otros usos y costumbres. Nosotros, hace veinte años como padres, y siguiendo la ruta de nuestros padres, nunca hubiéramos procedido a actuar de la misma manera. Pero eso conlleva también otras costumbres. Nunca nos hubiéramos calificado como “amigos de nuestros hijos”, cosa que ahora ocurre con muchísima frecuencia. Y nunca nos hemos considerado como matones, pero unas cuantas tortas les han caído. Y por supuesto, también hay que decirlo, que nunca recibimos una demanda judicial desde su lado.

Todo ésto lo estoy comentando a vivencia pasada, teniendo siempre presente a Lucía, la niña de Málaga, que a esas mismas horas de lo relatado, estaba siendo buscada por toda su familia y amigos...

Ni  este vecino del mundo quiere dar ejemplo de nada, lanzando culpas a nadie, ni por supuestísimo a sus padres. Los niños son como el Houdini de su mejor época: Mil ojos mirándolos y desaparecen en una décima de segundo.

Lo que ocurre es que como padre (tras serlo, uno no dejará de ejercer, al menos en su interior, hasta que muera), este vecino del mundo no puede dejar de pensar lo que vio esa noche en el buffet, aunque seguro que me faltan datos para juzgarlo plenamente, pero la sombra de Lucía es alargada, y no deja que olvide a aquellos niños en la soledad de una terraza...

Lucia, descansa en paz. 

*FOTO: DE LA RED





domingo, 6 de marzo de 2016

¿CUÁNDO SE ES COCHINAMENTE RICO?



Aunque quizás al contemplarte día tras día compartiendo el mismo espejo, haga que al paso de muchos años, en realidad sigas viéndote igual, sí puedes notar ese paso en el cambio de tus gustos y costumbres.


Por ejemplo, a este vecino del  mundo siempre le ha parecido algo sin sentido esa famosa y socorrida pregunta de qué tres cosas llevarías a una isla desierta, porque salvo si eres Tom Hanks en “Náufrago”, a ti no te va a ocurrir, y a él le pasaba y conseguía cosas, restos del naufragio, porque trabajaba en FedEx Express, y sabías que tarde o temprano aquello que había encontrado en algún momento le serviría, en una curiosa versión de “Arrieros somos y en el camino nos veremos”.


Este vecino del mundo nunca se ha considerado avaricioso, pero sí, visto lo visto, y las vueltas que le ha dado la vida con esta crisis que ha venido para quedarse como se queda un tatuaje en tu piel, incrustada, solo que sin poder decidir sobre ella, con los años se ha considerado un derrochador, ¡ojo!, y que es muy importante, sólo de lo que tenía.


Y ahora, que has llegado al momento en que verdaderamente te tienes que preguntar hasta tres veces, mínimo, si realmente te tienes que gastar un dinero en algo, y no gastarlo en otra cosa, o incluso en no gastarlo, te cuestionas asuntos, que no sabes si a otros les parecerán profundos, como que para ti qué es ser multimillonario. Pero como ya solo eres protagonista de tu vida, y bastante tienes con ello y alargarla lo máximo posible, verdaderamente te importa, y dicho en plan cursi, un comino lo que piensen los demás, porque hace mucho que has descubierto, que al final solo tienes que vivir contigo y con tu manera de pensar.


Y hace mucho que me contesté a esa pregunta, y además no la tuve que pensar sino que los recuerdos me trajeron una escena vista por televisión hace muchos años, y que aunque en su momento entró en mi tan fácilmente como un cuchillo en la mantequilla, ahora cada vez que la recuerdo me parece auténtica pornografía del dinero elevado, no sé si a la máxima potencia, pero sí al "hardcore".


La protagonista, Carmen Cervera, lejos de sus momentos Tita, y de lleno como Baronesa Thyssen, estaba en el salón de una de sus casas, creo recordar que estaba en España, y que pasaba las tardes tranquilamente en su salón. Era en realidad, eso daba a entender, y con los años cada vez estoy más seguro que no era una pose, de gustos sencillos, y le gustaba, según lo que decía entonces, dejarse llevar por sus pensamientos, pero eso sí guiados por alguno de sus cuadros, y el que tenía en ese momento en la pared de su salón era "La Concha, nocturno", de Darío de Regoyos, nada menos que datado en 1906.


Un verdadero entendido puede disertar durante horas de la importancia de dicho cuadro para la pintura española, y la pintura en general, por sus luces, por la presencia de unos árboles, que en realidad no se ven...


En aquel momento no me causó ningún tipo de sentimiento, ni a favor ni en contra, La Baronesa era así, y punto.  Ahora con los años, pienso, y en realidad solo es una humilde opinión, en lo egoísta que se puede ser, y sin darse cuenta, lo que es peor, privando a la humanidad el poder disfrutar de una obra como esa, mientras tú en el mejor de los casos, como propietari@ de la obra, dejas el tiempo pasar.



Y esas imágenes, repetidas en la retina de mis recuerdos una y otra vez, me han hecho comprender que uno es cochinamente rico, cuando cree que sabe apreciar lo que tiene, pero como posee tanto, su orden de prioridades está más perdido que Dinio en el Museo del Prado.


*CUADRO: "La Concha, nocturno", de Darío de Regoyos.