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domingo, 18 de diciembre de 2016

SOLO LOS VENCIDOS SE ARRASTRAN (...A ESTAS ALTURAS DE LA PELÍCULA)


Ha caído en mis manos, he tenido la suerte de poder ver (uno tiene amigos con posibles) una película de la última hornada, pero que pasó más bien desapercibida durante su periplo, por las salas de cine. Y como este vecino está convencido del poder del boca a boca, va a romper una lanza, e incluso el incomprensible silencio para que la gente mueva su trasero y compre una copia, o la alquile en los lugares habilitados para ellos. ¿Por qué? Porque cuando menos es una película interesante; en mi opinión particular: más que eso. Y a los que nos gusta el cine nos debería preocupar que los que lanzan un producto al mercado, no ya que se hagan millonarios, sino que cuando menos puedan sobrevivir, e incluso algo más, para que puedan continuar con su oficio de contar historias…

 
Hablamos de una película argentino-española, y no al revés, ya que por de pronto “huele” a Argentina por los cuatro costados: “Al final del túnel”.

 

El argumento, que te dejará clavado en tu butaca, o en el sillón de tu casa, tiene como protagonista a Joaquín que, punto importantísimo, está en una silla de ruedas y, como iremos viendo, consecuencia del drama familiar del que viene. Su casa, prácticamente la mitad, o más, del decorado de nuestra aventura, es triste, descuidada y sucia, e iremos comprobando que conoció tiempos mejores. El triste y continuo silencio es roto por Berta, bailarina de striptease, que junto a su hija Betty, aparecen, en uno de los peores momentos personales de Joaquín, como respuesta a un anuncio que puso para alquilar una habitación, y del que pretende desdecirse. Su presencia alegrará la casa y la vida de Joaquín, se supone, aunque con lo que está aconteciendo, a los espectadores nos traerá más nervios, porque una noche, trabajando en su sótano como informático, Joaquín escucha un debilísimo ruido. Nos daremos cuenta entonces de que una banda de la peor calaña construye un túnel, que por esas casualidades de la vida, y del guion, pasará bajo su casa, con la intención de robar un banco cercano.

 
Es curioso lo de este thriller. Te deja agotado, como agotado quedan la mayoría de los personajes, empezando por un inconmensurable Leonardo Sbaraglia. Aunque su marco, el decorado de la película, son más bien unas pocas estancias, la carga que tiene el argumento y lo que discurre en ellas, hace olvidar persecuciones de coches y explosiones varias de otras películas. Porque el problema, siempre hay uno, transcurre entre personas, y las de esta película están minadas. En cualquier momento sabes que van a explotar, todas y cada una de ellas.

 

Hay un altísimo nivel interpretativo, como ya comentado, con un en estado de gracia, Leonardo Sbaraglia, que para no poder andar, no para, en un continuo alarde físico, dejándonos a todos al borde del infarto. Los malos, son todos de dar de comer aparte:  Pablo Echarri, a su vez en labores de producción, Javier Godino,  Walter Donado, y un Federico Luppi en un papel más que resultón.

 

Lo de Clara Lago merece un párrafo aparte. Su perfecto acento porteño, dicho por los mismísimos porteños, acentúa aún más su esfuerzo por hacer suyo un papel que dista años luz de la imagen que hasta ahora tenemos de ella. Pero de eso trata “actuar”, de romper moldes, de sorprender. Y Clara Lagos una vez más nos sorprende, especialmente para los que seguimos su carrera, y evidentemente la hemos vista pasar de niña a mujer, y ahora a madre, aunque un tanto peculiar. Me da la impresión de que si ella quiere al menos, en muy poco tiempo, ya ha empezado, se la van a rifar en el extranjero. Aunque ella, Clara, ha dado muchas muestras de tener los pies en el suelo, y eso ya es una garantía.
 


El guion y dirección es de un Rodrigo Grande atinadísimo como director, que ha puesto a punto cada uno de los instrumentos para que la sinfonía suene aunque algunas veces sus notas nos pongan muy nerviosos, e incluso nos incomoden. Entre sus directrices, y la ocre y oscura fotografía de Félix Monti, la cinta tiene un punto de teatro, de obra en sitio cerrado, aunque haya escenas rodadas en Tenerife. Porque no hay que olvidar, y no voy a dar pistas, que mientras la mayoría de los personajes se pueden mover como resortes, alguno quizás necesite de la palabra para utilizarla como arma de defensa, que se presenta, además, con extremada contundencia…

 
 Una película que puede que no sea una obra maestra, de hecho no lo es, pero cumple perfectamente con el objetivo de toda película que se precie: hacernos pasar un rato alejados de este mundanal ruido, y en este caso alegrarnos, al final, de seguir vivos y sin ninguna mancha ni de polvo ni de sangre; y secos, que tiene su aquél, especialmente con la cantidad de agua que al terminar la película habremos visto…



Si en algún momento se puede vislumbrar algo del engranaje que nos llevará al final, tampoco importa, porque eso nos ayudará a respirar un poco, sabiendo que por lo menos hay alguna esperanza.

 

Por cierto, y ya para terminar, es una pena que aunque tenía 19 candidaturas a los Goya, no hayan llegado como finalista en ninguna. Más que nada porque se le hubiera brindado, posiblemente, otra oportunidad para un nuevo periplo por las salas de cine, y esta vez, seguro, que hubiera tenido más éxito. Se lo hubiera merecido.
 
*FOTO: DE LA RED

viernes, 16 de octubre de 2015

LA NOCHE EN QUE ME SENTÍ COMO UN BANQUERO (GALA 6, GRAN HERMANO 16)



Desde que en  la última edición de Gran Hermano VIP se salvara en el último momento Belén Esteban, este vecino del mundo ya cree hasta en los pitufos. Por eso ayer, en el momento en que Suso se salvó, o más certeramente, le salvaron, en detrimento de Quique, que se va de un concurso al que ha amado desde sus comienzos, este vecino lo primero que pensó, es que ayer estaba claro que el notario del programa, si lo hay, sin duda tenía que ser el mismo de la noche en que se salvó La Esteban.

Algunas veces, y ayer tras el veredicto de la audiencia, puede ser el mejor ejemplo,  me siento como los banqueros durante mucho tiempo en este país: “no doy crédito”.

No doy crédito a lo ocurrido ayer en la sexta gala de Gran Hermano 16, aunque creo en Los Pitufos.

No doy crédito a que se defienda, porque en el fondo es eso, el estar todo el día en gayumbos por la casa (cuando este vecino tiene entendido que está prohibido por el “reglamento” del programa); el mirar a las mujeres, a todas, desde arriba, para solo fijarse en lo de abajo; el desacreditar mediante adjetivos calificativos de dudoso gusto, a todo aquel que ha estudiado algo.

No nos vamos a cortar las venas, por algo que ya no tiene remedio. Sin embargo hay algo que me tiene en un sinvivir.

En la mayoría de los comentarios que he leído a favor de que se quedara Suso en la casa se decía: que se quede un poco más, para animar la casa, sino sería una mueblería, y por lo tanto un aburrimiento.

La pregunta entonces es: ¿Cuánto tiempo “hacemos” que se quede Suso dentro del concurso? ¿Cinco minutos, cinco semanas, hacemos que llegue directamente a la final?

El problema que se ha planteado con el desenlace de ayer, es que Suso no se medía con uno cualquiera. Quique era un estudioso de Gran Hermano, y una persona, que se diga lo que se diga, se ha portado intachablemente. En realidad es un joven que se portaba bien, contra un joven que se portaba mal. El hijo que todas las madres quisieran tener, contra un posible tesoro para una cadena que vive de romper esquemas.

Y la lectura final es que se ha premiado al malo, al alocado, al que es solo fachada de tableta de chocolate, al que hace “peinetas” a los espectadores, al machista, al que se ríe de los que han estudiado.

Si seguimos apostando por alguien que da juego, más de una vez he pensado que en un futuro, y para no perder más el tiempo, se debería, el mismo primer día de una próxima edición, advertir al telespectador que entre los concursantes que acaban de entrar en la casa, hay un perfil que es falso, y en realidad, se esconde un asesino en serie. Visto lo visto, y por la teoría de que la gran mayoría lo iba a pasar tan bien, hasta los mismos concursantes lo iban a pasar “de muerte”, literal, sería la apoteosis del paroxismo al cuadrado. Podía ser algo así como la gala de Halloweeen, pero que durará los tres meses.

En otro orden de cosas, cuando alguien está convencido de que se va él esa noche, y le dice a  su compañero en la soledad de la espera "Fuera nos olvidamos de ésto, y seremos amigos", como ocurrió ayer, el otro debe de estar seguro de que dentro, y durante el concurso, le ha apuñalado una y otra vez.

Suso está demostrando en las pocas semanas que lleva el concurso, que es maestro en pedir perdón una y otra vez, diciendo, las veces que hagan falta, que sí se ha dado cuenta de su mal comportamiento esta vez. Es un déjà vu constante. Y, como ayer, al regresar tras ser salvado, aprovecha para vender unas cuantas motos de lo que dice que se ha enterado por las imágenes que la organización le ha ofrecido, y entre farol y farol, algunas veladas amenazas a sus compañeros.

Con respecto  a las nominaciones, como ayer, denominadas como “cara a cara”, las mismas darán espectáculo, pero, muy en contra de la opinión de Mercedes Milá, en realidad, si favorecen a alguien, lo hacen a Suso, por el carácter de los mismos concursantes que le tienen miedo, así, puro y duro miedo. 
Votar uno por uno, en la intimidad del confesionario, da más juego a la larga, porque se puede engañar, y son más libres de opinar.

Por lo demás, lo dicho, desencantado y sintiéndome por un día como un singular banquero: “sin dar crédito”, y eso sí, con los bolsillos como los chorros del oro, limpios no, limpísimos. ¿Y de esperanzas en el futuro de esta edición? Como los mismos bolsillos, nada de nada.

*FOTO: DE LA RED