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martes, 21 de enero de 2014

LA GENTE NO APRENDE

¡Y es que la gente no aprende!
La Nuri, mi sufrida, y este vecino que les escribe, han pasado unas treinta y tantas horas en Donosti, sumergidos entre tamborrada y tamborrada, en este año que dicen que es el resurgir de la angula, antes producto de la época, y ahora rara avis.
Se han oído diferentes precios, pero la cosa, o mejor dicho, la angula, estaba alrededor de 400 Euros por kilo. Muchos se han roto las vestiduras al comprobar que hay gente que las compre y que este vecino no haya mostrado su extrañeza desde su atalaya.
Es triste, pero este vecino está ya curado de espanto. Porque puestos a extrañarse, uno lo puede hacer, en este Donosti del alma, cada día. Y si se siguen vendiendo pisos en los lugares más VIP ñoñostiarras; o la gente, nuestra gente, sigue desayunando todos los días en su bar de toda la vida, por qué no se va a comprar esa cría de anguila con pedigrí.
Además, y lo dicen las estadísticas, la crisis, la maldita crisis, ha disparado a los ya millonarios, como más millonarios todavía, mientras que los pobres han bajado a tales cotas que en cualquier momento se caen de las listas.
Y mientras por un lado nos sigue pareciendo carísimo el precio de la angula, no pestañeamos al pagar un precio de dos cifras, por harina y pasta maquillada y bautizada con el nombre de gula o similar. Eso sí,     con la publicidad de que son “frescas”, cosa que uno nunca ha entendido que se dé ese adjetivo a algo que, como diría el Señor Gallardón, nunca nació.
La Nuri, ayer más sufrida todavía, quiso llevar un recuerdo a sus sobrinos, y qué mejor que un par de tambores. Claro, no los iba a comprar en esas tiendas lindando con el marco incomparable, y que tienes también un precio incomparable. Por eso, sondeó en los “chinos” de Amara, y es curioso lo rápido que un foráneo se acostumbra a las maneras donostiarras.
Un tambor de madera, más bien pequeño, pero hecho de aquella manera, que no te garantiza que dé dos sonidos iguales, se ponía en no menos de 11,50 Euros. Ni que decir tiene que los sobrinos ahora tienen dos pequeños círculos de madera con sus respectivos palos, y al cabo de una hora ya se habían aburrido de ellos.
Por lo menos, aquel osado que pagó por sus respectivos cien gramos de angulas, seguro que tiene una foto del momento en que las ingirió. Porque lo mejor que tiene comerse una ración de angulas, es poder luego contarlo, sin faltar a la verdad.
Lo dicho al comienzo, la gente no aprende, porque se fija en las excepciones y traga con el timo diario.

*FOTO: DE LA RED

jueves, 16 de enero de 2014

PONGA UN TAMBOR EN SU VIDA...

No hay un lugar en Donosti estos días, cercanos al día de San Sebastián, que a eso de las ocho de la noche puedas estar libre de sufrir una agresión acústica en forma de ensayo de tamborrada. Además no te puedes quejar, viéndoles a ellas y a ellos con tanta dedicación maltratando a un tambor. 
Se supone que no debe de haber por ningún lado, ninguna asociación salvadora de tambores y similares porque de lo contrario estas fechas serían propicias para que pusieran todo tipo de querellas.
Más de una vez este vecino del mundo ha llegado a la conclusión de que los donostiarras, tan tranquilos, quizás demasiado, y comedidos, sin duda que en exceso, durante todo el año, soportando todo tipo de decisiones, cuando menos discutibles, por parte de los políticos de turno, y de resultados tan dispares de sus equipos deportivos, son así porque durante veinticuatro horas seguidas al año, se ponen tibios pegando a un tambor.
A alguien le ha dado por pensar el por qué cualquier donostiarra ha podido resistir tanto tiempo, más de treinta años, con los dimes y diretes de una estación de autobuses tan cambiante en su ubicación y ejecución, sin tan siquiera parpadear…Está claro que porque el 20 de Enero de cada año le ha dado a rabiar a su tambor. No hay otra explicación.
Partiendo de esta idea, de la presencia de un tambor, se podría lograr un mundo mejor, regalando tambores, para su uso naturalmente, a todos aquellos que tengan que tomar decisiones cuando menos complicadas para el resto de los que le rodean.
Lo mismo que está institucionalizado el “Tambor de oro” para aquel o aquella que durante todo el año, digamos que promocione Donosti, o se le relacione indefectiblemente con esta ciudad, también se deberían de repartir unos cuantos tambores al año a gente que por algún tipo de decisión haya creado algún conflicto durante el año, bien en su ciudad, autonomía o país.
Este año por ejemplo un máximo candidato para que se le regalara un tambor, y bien grande, y que lo usara hasta romper, sería el alcalde de Burgos, y a los concejales de su partido, por poner en jaque a gran parte de sus ciudadanos con decisiones cuando menos cuestionables.
Lo mismo que es tan común en el donostiarra hablar de “el marco incomparable” deberíamos, a partir de ahora, promocionar la frase “Ponga un tambor en su vida, y la verá de otra manera”. Seguro que es un paso más para cambiar el mundo, y de hacerlo un poco más donostiarra.

*FOTO: DE LA RED