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viernes, 5 de agosto de 2016

ESE GOLLUM QUE LLEVAMOS DENTRO



Observar lo que ocurre a tu alrededor suele ser más que aconsejable, especialmente para obtener una segura visión del estado de las cosas.


Sobre las siete de la tarde he ido a la playa, pero no para exhibirme como en la Pasarela Cibeles, sino digamos que si de una conversación se hubiera tratado, he ido directamente al grano: a bañarme.


Al llegar, y como ha sido un día extraordinario, en especial para todo aquel que goce teniendo la sensación de estar en un baño turco, la playa estaba todavía abarrotada. Es decir, para encontrar la orilla te tenia que acompañar la suerte.


Tras unos cincuenta minutos de buen baño, al salir, ya sobre las ocho menos diez, para mi extrañeza seguía habiendo mucho personal, y salir, lo mismo que al entrar, seguía siendo complicado. Sin embargo, durante el recorrido de exilio voluntario, me he dado cuenta, que lo que ocurría es que la gente al comprobar que el vecino se iba, se tomaba la molestia, en la mayoría de los casos, de mover todas sus pertenencias, esparciéndolas sin ningún disimulo ni pudor, quedándose con el terreno que en un momento dado había sido vecinal.


Creo que las caravanas en el viejo Oeste al llegar a su tierra prometida, y romper filas para conseguir una buena parcela, era mucho menos evidente que lo que debe ocurrir en cada playa al atardecer. Es cuestión de abrir los ojos, y descubrir ese Gollum que todos debemos de llevar dentro gritando "Mi tesoro", cuando hemos pasado un buen tiempo oprimidos y de pronto nos sentimos como en el mejor de nuestros sueños.


Ha quedado más que claro que si en nuestra composición, gran parte somos "agua", al menos en un porcentaje sin especificar, hay también "egoísmo", y en algunos momentos con tendencia a desbocarse.


Y por si lo anterior era poco, el espectáculo al abandonar la playa, mientras te limpiabas los pies, ha sido simplemente, sobrecogedor.


Podías observar  la gran cantidad de basura que se había producido, mucho papel y plástico. Y hay que tener en cuenta que la playa, de la que no quiero decir el nombre, porque me imagino que en la mayoría de playas de España ocurrirá lo mismo, es una de esas que tiene "la Bandera Azul", y consecuentemente se limpia todas las madrugadas.
Y para no equivocaros, la basura dejada estaba a la salida de la playa, en ningún caso depositada por el mar. 


Está visto que el Gollum que llevamos dentro, se desprende de todo menos, se supone, que de su tesoro, y consecuentemente, de su mapa, o de aquello que le haga ganar algo. Lo demás, le sobra. Y que como diría el saber popular: "el que venga detrás, que arree".

*FOTO: DE LA RED

jueves, 4 de diciembre de 2014

LA SOMBRA DE LO IMPOSIBLE

Los molinos del recuerdo mueven sus palas sin rumbo definido, siempre guiados por la fuerza de algo  tan intangible como es el viento de tiempos queridos. Aquellos tiempos en los que todo estaba por delante y era fácil partir cuando nada dejabas y todo te esperaba.
Los molinos del recuerdo suenan a quejidos pesados de verdades esculpidas en la sorpresa de lo nada pretendido, y más encontrado que querido. Los molinos del recuerdo ocultan a gigantes pequeños en verdades planas, donde más importante es la mirada al recuerdo, que el recuerdo en sí.
Molinos blancos de inocencia sobre tierra rojiza abierta a lo desconocido, y como banda sonora el silencio apenas cortado por el viento del eco.
Días azules sin sol, días alegres sin bullicio donde es más lo prometido que lo dado. Grandes llanuras en las que es imposible ocultar la verdad.
Decorados propicios a caballero sin princesa, a dama de bajo linaje pero altos principios, a escudero con refranes por escudo. Aventuras escritas  en el libro del tiempo, donde los actos se disfrazan de leyenda, donde lo pasado se confunde con el tal vez  que es vecino de lo imposible.
La figura del Quijote sustituye al perdedor perdiendo, donde no se quiere ganar sino vivir, donde lo que importa no es contar sino sentir. Días en los que nunca existió el presente sino la sombra de una acción antes que la acción en sí.
Años repletos de aventuras sin planes, sin tesoro pero con mapa, donde más importante era buscar que encontrar, y el objeto no era una piedra preciosa, sino una preciosa piedra. Porque el tesoro se convierte en tal cuando lo descubre una mirada soñadora, un viejo disfrazado de niño, un aventurero sin aventura, un quijote en su cuerda locura.
La vida en realidad era simplemente el reflejo de un espejo, donde se miraba Aldonza y él encontró a Dulcinea. La vida era un relato corto y él lo convirtió en su país.
Los molinos del recuerdo hoy están habitados por celosos gigantes enamorados que buscan a su dueña en tu mirada, en la sombra de lo imposible.

*FOTO: DE LA RED